Cuando su madre observaba a Asgeld crecer, siempre pensaba en dos cosas: en el destino que aquélla alegre niña llevaría, y el peso que significaría para ella haber perdido a su padre.
Extrañamente, para la inteligente muchacha, las cosas habían ido de una manera bastante particular: Desde muy pequeña había decidido tomar el destino en sus manos, y… la ausencia de su padre no le dolía tanto (al menos no, conscientemente).
Así es que, los días siguientes a su hallazgo en la mina, los caminos próximos a recorrer le parecían innumerables ¿que debía hacer? Contárselo a alguien no funcionaría, pues hace mucho que sus amigos habían decidido no seguirle el juego, su madre estaba demasiado cerrada a lo que leía en los libros, y nadie más le daba confianza como para hablar sobre sus sueños y creencias.
Había que aceptarlo, Asgeld estaba sola en esto… y tenía que buscar la forma de sacarlo adelante; así que decidió irse a las granjas, a pensar.
Se hundió entre los campos de trigo sin cortar, y se quedó allí toda la tarde, pensando… reconstruyendo el mundo a su entero parecer, quedándose dormida a ratos, desdibujando las nubes en otros…
En la noche, al volver a su casa, observó un hombre vestido de extraña forma se encontraba en la sala charlando con su madre; la expresión de esta última no era demasiado amable, por lo que Asgeld supuso lo peor.
Abrió la puerta con decisión - sabía muy bien que huir de las realidades no era la respuesta. El hombre se puso de pie, en dirección a ella: sus pasos se sentían firmes, altaneros quizás… sus ropas eran las de un monje, sólo que el color que las representaba (el azul) tenía directamente relación con la autoridad de Isílme.
“Soy un mensajero de los ancianos, mi nombre es Philippe Angus. Le traje esta nota personalmente, pues es muy importante que llegara a su destino“. - Su tono de voz era grave, ligeramente pausado. Ahora que estaba frente a ella notaba cuan alto era… ¿un guardaespaldas tal vez? La imaginación de la chica volvía a marchar nuevamente.
“… Ahora, con su permiso señora“. - Ante el movimiento afirmativo de su madre, el mensajero se retiró casi sin hacer ruido. “Demasiados modales para un mensajero“… seguía pensando Asgeld, no pudiendo evitar la sensación que le dio ese hombre.
“La nota dice que debes presentarte en el templo a primera hora ¿en qué problemas te has metido ahora, hija?” - El tono de su madre tenía algo de tristeza, seguramente Philippe había narrado cosas que no le agradó escuchar.