Terry, pues eso decía la placa del perro [Ara no podrá renombrarlo~ xD], corría más rápido que Clarisse y Nathan juntos… sus patas estaban acostumbradas al arduo trabajo de la granja y poco le costó encontrar la pista correcta. Cuando la pareja de magos comprendió la dirección que les mostraba la mascota, aletargaron un poco el paso hasta casi ir caminando. Estaban excitados por la nueva “aventura” en la que estaban envueltos, pero sus pulmones les estaban pasando la cuenta.
Era casi mediodía cuando descubrieron la casa dónde se encontraba aquél que buscaban. El perro ladraba histéricamente en la entrada, cuya puerta de madera se encontraba cerrada sin que a nadie allí pareciera importarle el ruido que ocasionaba el animal. No podían ver hacia dentro, pues las ventanas estaban cerradas (sí, en pleno día de sol) y las cortinas eran demasiado gruesas como para siquiera ver una silueta. Lo único que sabían – por cultura general – era que las casas de esa zona tenían subterráneo además del segundo piso que les pertenecía, y que contaba con dos salidas: en la que se encontraban, y una puerta trasera que daba a la cocina.
Era casi mediodía, y sus estómagos hacían un gruñido similar al de Terry. En el pueblo Isílme se almorzaba a mediodía, en un comedor común… si no iban en este minuto, probablemente no comerían nada hasta pasadas las 7.
De pronto, los ladridos cesaron, finalmente el perro parecía comprender que nada sacaba con arañar, gruñir o mostrar sus colmillos: no había respuesta, así que se giró en dirección a Clarisse y apoyó las patas delanteras en sus piernas. Algo parecido a una lágrima comenzaba a escaparse de sus ojos.