El principio del fin.
En Isílme, nada parecía estar mal. La organización del pueblo era perfecta, todos coexistían en base a un trabajo monótono que probablemente se extendería hasta el fin de sus vidas - pero no les importaba, tenían todo lo necesario para alimentarse (tanto física, mental y espiritualmente); no existían guerras, ni peleas por territorio… Era aquella ciudad utópica en la que cualquier soñador iluso hubiera deseado vivir, en la que los mismos pobladores deseaban vivir.
Pero, curiosamente, era esa misma tranquilidad la que los amenazaba día y noche con destruír todo… habían algunos que lo intuían, y buscaban en los pergaminos antiguos alguna respuesta ante tal inminente destino; habían tantos otros, que pasaban su vida en el templo… entregando sus almas a la salvación eterna… y el resto… prefería más bien ignorarlo y continuar su marcha mientras les fuera posible.
Es así como, de un día para otro, esa absurda monotonía comenzó a ser cada vez más inestable: Las cosechas no eran tan prósperas como años anteriores, la tierra comenzaba a ser cada vez más árida… y nadie en las escuelas conseguía explicarlo. Los ancianos no se pronunciaban al respecto y evitaban a toda costa el contacto con los aldeanos.
Desde los claros cielos hasta la árida tierra, todo era diferente y ellos no podían hacer nada más que continuar con sus vidas rutinarias, a pesar de esto, algunas personas fueron dejando de a poco sus costumbres para intentar encontrar alguna respuesta a todo lo que estaba sucediendo, en especial después de enterarse de una serie de desapariciones inexplicables…

